
Te sonreíste. Sabías como te amaba… como te deseaba y te encantaba aprovecharte de ello. Llevaste tu mano a mi mejilla y con tu pulgar dibujaste una leve línea sobre mi piel. Inevitablemente mi mejilla se hinchó ante mi gesto de sonrisa. Tu aliento mentolado de dientes recién aseados, chocó con mi boca ante la posibilidad de tus labios entreabiertos. Me acerqué más, levantando mi espalda. Vos, que te encontrabas levemente encima mío, te sonreíste ante mi desesperación. Necesitaba aquel beso que marcara tu amor, necesitaba en contacto de tus labios.
Tu codo, que reposaba al lado de mi cabeza, se movió levemente con el objetivo que te acercaras. Te aproximaste con sutileza, casi como una ráfaga fugaz, y no pude contener el aliento al momento que sentía aquel calor sobre mis labios acompañados con aquella presión placentera sobre los mismos. Tus labios se abrieron levemente y los míos le copiaron, permitiéndote que tomaras prisioneros a estos humedeciéndolos con tu saliva. Sentía como tu mano se hundía en mi cabello en busca de que aquel beso no se cortaba. No podía cortarse, era de mi absoluta necesidad. Era un pedido de auxilio, era una droga sana.
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